FUENTES Y AGUA

COMO MOTIVO DE PLACER

 

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Un elemento indispensable de la distribución del agua en las ciudades eran las fuentes; en cierto modo eran el punto final de la traída de aguas.  Las fuentes eran necesarias porque, aunque el agua llegaba a las domus de los potentados, a las termas, a edificios públicos, no llegaba a las insulae donde vivían el grueso de la población, que debía abastecerse del agua de las fuentes, tal y como ha sucedido hasta no hace muchos años en la mayoría de los pueblos del mundo.  Debían de estar distribuidas a lo largo de toda la ciudad; en el caso de Pompeya formaban una red homogénea que lograba que ningún habitante estuviera a más de 40 metros del agua.  Las fuentes estaban entre la calzada y la acera; en Pompeya suelen ser pilas rectangulares con un cipo ornamentado en la parte inferior del que manaba agua constantemente y en el depósito un orificio de desagüe; en caso de desbordamiento, un pequeño canal desaguaba en la calle.  Las fuentes que se han conservado a lo largo del imperio, excepto las decorativas, ofrecen más o menos la misma forma y apariencia, cambiando sólo el motivo decorativo del cipo del que manaba: una cabeza de animal, un escudo, un rosetón, un ánfora, un ser mitológico como Hermes, Sileno, Mercurio, un Grifo, etc.  Las fuentes eran lugar de encuentro de la población; charlaban a su alrededor mientras llenaban cántaros, tinajas, etc., los niños jugaban en ella sobre todo en el buen tiempo, etc.

En Roma, sin duda, el cipo de fuente más famoso en la actualidad es la llamada “Bocca della Veritá” que se encuentra en el pórtico de la iglesia de Santa María in Cosmedin.

 

Bocca della Veritá.  Si mientes mientras tienes la mano dentro, te corta la mano

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 27/12/2004)

 

 

 

El uso del agua como artículo de lujo y de decoración, así como para la creación de grandes espectáculos, se interpreta como síntoma de una sociedad jerarquizada deseosa de ostentar el dinero y el poder de las clases altas, rivalizando en crear ambientes y ornamentaciones fastuosas y voluptuosas en sus palacios y villae; al mismo tiempo, un uso de agua inútil y refinado sería síntoma a su vez de progreso y civilización.

Con la construcción de los acueductos las domus y villae de Roma, que solían mantener su impluvio y compluvio e incluso sus cisternas, empezaron a decorarse con piscinas, jardines, surtidores para fuentes más o menos monumentales e incluso con balnearia, zonas reservadas para baños.  Evidentemente estos refinamientos sólo se reservaban a los poseedores de fortunas considerables, formando lo que se da en llamar deliciae, pues denotaban una vida delicada, sutil y ostentosa.  En distintas zonas de las residencias podían encontrarse fuentes que daban encanto y frescor a peristilos –patios interiores con pórticos de columnas-, jardines y patios.

 

Fuente de una villa romana (Palazzo Massimo, Roma)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 31/12/2004)

 

 

 

Las fuentes repetían a grandes rasgos los mismos patrones de decoración, con infinitas variantes de materiales y colores: arquitectónicamente imitaban un templo, una gruta o un arco de triunfo, con una bóveda de cascarón con un frontón triangular encima adornado con vivos colores; ornamentalmente se usaban arabescos, festones, parras, ánforas, etc., y se reproducían las rocas, las conchas, etc. en el mármol; escultóricamente se reproducía a un dios marino barbudo, Neptuno, a Venus con su concha, ninfas, nereidas, peces, patos, cisnes, amores alados, etc.; el juego de luces y sombras era importante para crear sensación de profundidad.

 

Pintura de una fuente con surtidor (Palazzo Massimo, Roma)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 31/12/2004)

 

 

 

También gracias al agua encontramos lo que los romanos llamaban viridaria –“zonas verdes”- dentro de sus residencias, es decir, jardines, sotos o pequeños parques donde el arte y la naturaleza se daban la mano.  En sus primeras épocas y en los casos modestos los ricos tenían en su residencia pequeños huertos que con los acueductos y con el acopio de riquezas y de poder pasaron a ser auténticos parques privados. 

Tres ejemplos extremos en las residencias imperiales: primero, en la domus Flavia el emperador Domiciano tenía unas dependencias privadas –la domus Augustana- en la que había una isla llena de vegetación rodeada de un estanque que era el centro de un peristilo a varias alturas, el más bajo de los cuales estaba lleno de flores y jugaba con la sombra para dar frescor en verano.   

     

Fuente del Peristilo de la Domus Augusta (Colina del Palatino, Roma)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 28/12/2004)

 

Reconstrucción de la Domus Augusta y su fuente, (según CONNOLLY, P. y DODGE, H., La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998)

Fuente del peristilo del Aula Regia de la Domus Flavia (Colina del Palatino, Roma)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 28/12/2004)

 

Reconstrucción del Aula Regia y sus fuentes, (según CONNOLLY, P. y DODGE, H., La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998)

Fuente que flanqueaba el triclinium del peristilo de la Domus Flavia (Colina del Palatino, Roma)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 28/12/2004)

 

Fuente en uno de los palacios imperiales (Colina del Palatino, Roma)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 28/12/2004)

 

 

 

Segundo, la domus Aurea Nerón, de 300 metros de larga por 90 de ancha, daba a un parque de 50 hectáreas que llenó de plantas y animales exóticos y traídos de todo el mundo conocido, en el que también había un lago enorme consagrado a las ninfas y lleno de surtidores y una cascada en una gruta semejando a las rocas de la isla del Polifemo visitada por Ulises.

 

Reconstrucción de la Domus Aurea de Nerón con sus jardines y estanque

(según CONNOLLY, P. y DODGE, H., La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998)

 

 

 

Tercero, la villa de Adriano en Tibur (hoy Tívoli, a 5 kms. de Roma), donde todavía se puede pasear por el estanque del Pecile hasta un Criptopórtico, pasando por el altar de las ninfas del teatro griego, la sala de las columnas dóricas y otro santuario junto a las termas. El emperador Adriano se hizo construir una residencia privada en una isla dentro de un lago-canal artificial; gracias a un castellum almacenaba toda el agua que se necesitaba para todo el complejo residencial, tanto en lo funcional como en lo artístico.

 

 

 

Otra fuente de placer la producía el uso del agua para actividades públicas.  Quizás la actividad con agua más espectacular fuesen las naumaquias –“batallas de barcos”- que se hacían en los juegos del anfiteatro.  Este espectáculo consistía en la reconstrucción de una batalla naval histórica para hacer correr sangre como en una lucha de gladiadores.  Para llevarlas a cabo era necesario disponer de un estanque de agua, de modo que la organización de este evento resultaba costosísima y obligaba a un esfuerzo técnico grande (traída y evacuación de las aguas).  Las primeras naumaquias se celebraron en lagos reales o provisionales (como la pequeña Codeta mandada instalar por Julio César en el 46 a. C. o como el que mandó construir Augusto –de 552 metros de largo y 355 de ancho- para representar la batalla de Salamina).  Con la construcción del Anfiteatro Flavio –conocido comúnmente como Coliseo- el escenario de las naumaquias en Roma fue siempre este edificio.  Con todo, la moda de las naumaquias sólo duró hasta el final del siglo I d. C. con la dinastía de los Flavios, pues su coste y sus dificultades técnicas hicieron que fueran abandonadas.

 

 

 

 

Los romanos también decoraron sus ciudades con fuentes decorativas que llegaron a más de la centena en la capital del imperio; así se sabe que donde se encuentra el arco de Constantino junto al Coliseo se encontraba la Meta sudans, “la fuente que suda”, una fuente con una canalización interna que hacía que el agua se precipitara como una cascada sobre una pila que recogía el agua abajo.  Septimio Severo mandó construir el Septizodium, una fachada en la que surtidores y cascadas animaban su columnata.  Algunas de estas fuentes reciben el nombre de ninfeos, ya que las ninfas, náyades o linfas, eran diosas menores de las aguas a las que se les atribuía cierta influencia en el esplendor de las fuentes.  De ser rincones naturales donde manaba agua pasaron a ser embellecidos por mano del hombre, como la fuente de la ninfa Juturna donde Cástor y Pólux dieron de beber a sus caballos.  Asimismo, el origen semidivino de las fuentes quiso ser recordado por los romanos y decoraron sus fuentes artificiales; generalmente con medias cúpulas y en planos semicirculares a modo de ábsides o exedras, decoradas con mosaicos, pinturas, mármoles polícromos, con estatuas de los dioses marinos, cíclopes, delfines, ninfas, Afrodita, Océano, etc.  Así se construyeron ninfeos colosales, como el de la domus Aurea de 170 metros de longitud, o los de Mileto y Leptis Magna de tres pisos de altura.

 

Océano Marforio, estatua de una fuente del siglo II d. C. encontrada cerca de San Pietro in Carcere, Roma (Museos Capitolinos, Roma)

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 28/12/2004)

 

 

 

En Aragón hay restos de fuentes como la del Fauno Ebrio, del siglo I d. C., procedente de una villa fuera de las murallas de Caesar Augusta, encontrada entre las calles de la Rebolería y de Alonso V y que formaría parte de una fuente del peristilo de la citada villa; actualmente se conserva en el Museo Provincial de Zaragoza.  Los faunos formaban parte del cortejo de Baco-Dionisos; su cabeza reposa sobre un odre de vino del que saldría el agua de la fuente; la figura recuerda a las estatuas yacentes de la tumba de Atalo I en Asia Menor.

 

Fuente del Fauno Ebrio (0,93 x 0,53 metros).  Museo Provincial de Zaragoza.

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 3/1/2008)

 

 

 

 

 

FUENTES:

- MALISSARD, Alain: Los romanos y el agua: La cultura del agua en la Roma antigua, Barcelona, 1996

- BELTRÁN LLORIS, Miguel: “El agua profana en la cuenca media del valle del Ebro:  AQUA DUCTA.  La captación del agua, presas, embalses, conducciones”, en AA. VV.: Aquaria: Agua, territorio y paisaje en Aragón, Zaragoza, 2006

- CONNOLLY, P. y DODGE, H., La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998