LAS LUCHAS DE GLADIADORES

 

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Los historiadores datan el primer combate de gladiadores en el año 264 a. C. en el funeral en honor de Marco Junio Bruto, donde tres parejas de gladiadores combatieron a muerte en el Foro Boario.  No será hasta el año 105 a. C. cuando el Estado romano instituyó oficialmente los combates de gladiadores, pues hasta entonces sólo eran fiestas privadas de origen etrusco organizadas ante la tumba de un pariente para honrarlo; en ese año el Estado las institucionalizó bajo el nombre de munus (“funeral, obligación hacia el muerto”), lo que demuestra su origen en ritos funerarios para aplacar la ira de los muertos y de los inmortales mediante el sacrificio de vidas humanas.  Sin embargo, al institucionalizarse estos combates y generalizarse en época imperial, las luchas de gladiadores perdieron su carácter sagrado, quedando como meros espectáculos en los que, para alegría de toda la ciudad, unos hombres se armaban para matar y ser matados. 

 

 

 

Esta afición era ya grande en el siglo I a. C., cuando los políticos que deseaban ganar los votos organizaban estas espectaculares luchas de gladiadores, de manera que personajes como Cneo Pompeyo o Julio César convirtieron la “gladiatura” en un instrumento de poder del que se aprovechó en gran medida el propio Octavio Augusto.  Julio César, 20 años después de la muerte de su padre, organizó en su honor unos munera con 320 parejas de gladiadores.  Así, los magistrados municipales tenían que pagar una tasa para el munus anual, de la cual quedaron librados por Tiberio en el año 27 d. C. aquellos con una renta inferior a 400.000 sestercios.  En Roma las luchas de gladiadores eran costeadas por los pretores dos veces al año y a partir del emperador Claudio por los cuestores, siendo obligatorias 120 parejas de gladiadores por espectáculo, número reducido a 100 parejas por Tiberio.  Además, se convocaban munera extraordinarios según capricho del emperador y en honor de quien estimara oportuno, asumiendo el gasto entonces el emperador.  Con todo, estos munera se convirtieron en algo oficial y obligatorio, siendo el espectáculo imperial por excelencia.  Para ello se habilitaron edificios especiales: los anfiteatros.

 

 

 

En cuanto a su organización, en los municipios provinciales y ciudades los magistrados (duoviros y ediles) encargados de la celebración de los munera acudían a unos intermediarios –los lanistae- que se encargaban de conseguir y adiestrar a los gladiadores, así como las bestias; también vendían a sus gladiadores a otros lanistae para juegos en otras ciudades e incluso en Roma; en realidad, estos lanistas formaban una familia gladiatoria a la que administraban y dirigían a su antojo; ejercían una disciplina carcelaria sobre los gladiadores –muy frecuentemente esclavos o hijos de familias arruinadas; a su cargo tenían una escuela de gladiadores –ludi gladiatorii- y tenía sobre estos una auctoritas en virtud de la cual estos le obedecían.

 

 

 

En la época republicana la mayoría de los gladiadores eran esclavos y prisioneros de guerra y, puesto que sólo había munera en Roma, las escuelas de adiestramiento no eran muy numerosas; la más importante era la de Capua, al sur de Roma, donde en el año 73 a. C. los gladiadores y los esclavos se sublevaron bajo el mando de Espartaco, revuelta que duró dos años.  En Roma, durante la época imperial, había cuatro escuelas de gladiadores: Ludus Magnus (que estaba junto al Coliseo), Ludus Daicus, Ludus Gallicus y Ludus Matutinus, fundadas al parecer por Domiciano; cada una estaba bajo la dirección de un procurador  de orden ecuestre nombrado directamente por el emperador, responsable de los aspectos técnicos y administrativos de cada escuela; cada escuela contaba con médicos, entrenadores, armeros, etc.  Se calcula que en estas escuelas había hasta 2.000 gladiadores.

En Roma no había lanistas; el emperador ejercía en cierto modo la autoridad absoluta, si bien la delegaba en procuradores, unos funcionarios que tenían edificios oficiales como el Ludus Magnus, de época de Claudio, o el Ludus Matutinus, de época de Domiciano, donde los gladiadores vivían y se entrenaban.  Por otro lado, el emperador solía tener en posesión gran cantidad de animales salvajes y fieras que utilizaba para los juegos del anfiteatro, los cuales le eran suministrados por gobernadores de las provincias sometidas, por reyes aliados y subyugados, por comerciantes, etc., y que los mantenía en una especie de zoológico –vivarum- a las afueras de Roma. 

 

Reconstrucción del Ludus Magnus, procedente de CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998.

 

 

 

Los gladiadores se dividían en instructores y alumnos, que en función de sus habilidades y características físicas eran divididos en varias modalidades, de las que se han llegado a contar veinte, si bien muchas de ellas no pueden ser descritas, pues sólo se conoce su nombre –por ejemplo, provocador-; de las conocidas citamos las siguientes:  samnitas –los samnitas o sabinos eran vecinos de los romanos en las primeras épocas, hasta que fueron sometidos a mediados de la República e integrados en Roma-, también llamados hoplomachus –“fuertemente armados”-, los cuales llevaban un casco de visera con cresta, gran escudo como los legionarios –scutum- y espada corta y recta–spatha o gladius hispaniensis-; los traeces –“los tracios”- iban protegidos por yelmo de visera ancha y rodela o escudo pequeño y redondo –parma- y armados con un puñal –sica-; los murmillones , antes llamados galli -“galos”-, llevaban un casco en forma de pez marino del que reciben el nombre (del griego μύρμυρος “pez de mar”), un escudo plano y largo y una espada con punta y filo de hoja recta; los retiarii, dotados de una red –rete-, una hombrera metálica que cubría hombro y cuello –galerus- y un tridente; essedarius, luchadores montados en carros ligeros de origen britano; el secutor –“perseguidor”-, con el escudo rectangular de los legionarios , espada –gladius-, brazal para proteger un brazo –manica- y yelmo ovoide con cresta.

 

Reconstrucción de un casco de gladiador de tipo samnita.  Anfiteatro de Nemausus (Nïmes, Francia).  (Foto: Roberto Lérida Lafarga 14/08/2007)

 

 

 

Los juegos duraban desde el amanecer hasta el anochecer de manera general –con Domiciano se alargaban hasta la noche-; por su duración, tenían que se variados, de manera que había varios tipos de espectáculos: hoplomachia –duelos entre gladiadores-, naumachia –batallas navales-, venationes –cacerías o luchas entre gladiadores y animales salvajes- y luchas entre animales entre sí en combinaciones un tanto aberrantes –oso contra búfalo, búfalo contra elefante, elefante contra rinoceronte, etc. 

Las venationes podían ser inofensivas, si se utilizaban fieras amaestradas y domesticadas, de manera que se convertían en espectáculos semejantes a los del circo actual y rompían la monotonía entre tantos combates.  Otras venationes eran simples matanzas de animales, con hombres encerrados en jaulas disparando flechas o con gladiadores rodeados de jaurías de perros y armados con antorchas encendidas, lanzas, arcos, puñales, etc.  En ocasiones las venationes tenían un decorado y suponían el uso del valor y la destreza por parte del gladiador al luchar contra toros, osos, panteras, leones, tigres, leopardos, etc.  Desde el punto de vista actual de la ecología y de la defensa de la naturaleza estas venationes fueron las causantes de la desaparición de especies de grandes mamíferos en Europa, Asia y África; así en la inauguración del Coliseo en el año 80 murieron 5.000 fieras salvajes en dos munera de Trajano2.246 y 2.243 respectivamente, de manera que en Nubia desaparecieron los hipopótamos, los leones en Mesopotamia, los tigres en Hircania y los elefantes en el norte de África.

 

Reconstrucción de un casco de gladiador.  Anfiteatro de Nemausus (Nïmes, Francia). 

(Foto: Roberto Lérida Lafarga 14/08/2007)

 

 

 

Las hoplomachiae, los combates de gladiadores propiamente dichos, podían ser simuladas –llamadas prolusio, si servían de prólogo de los munera, o lusio, si eran uno de los momentos importantes de los munera-, donde las armas estaban preparadas para no causar heridas.  No obstante, lo más importante en los munera solía ser la serie de duelos simultáneos entre gladiadores sin armas preparadas con la finalidad de dar muerte al oponente en cada combate.

La noche antes de un munus se realizaba un copioso banquete, una cena libera, donde los curiosos podían cenar con los gladiadores.  Al día siguiente, el munus comenzaba con un desfile: delante trompetistas –tubicines-, después los gladiadores eran llevados del ludus magnus al Coliseo en carro, saltaban a la arena una vez dentro del anfiteatro y daban una vuelta al mismo con aire militar y vestidos con clámides púrpuras bordadas en oro; detrás iban esclavos portando las armas de cada gladiador y al llegar al palco del emperador proclamaban la célebre frase de Ave, Caesar –o Imperator-, morituri te salutant! (“¡Ave, César, los que van a morir te saludan!”); terminado el desfile se hacía la probatio armorum, el examen de las armas para comprobar que eran las adecuadas y estaban en condiciones para ser usadas en el munus; después se hacía el sorteo de las parejas de gladiadores, cuando no se recurría a combinaciones extrañas (negro contra negro, enano contra mujer, etc.). 

 

Reconstrucción de una manica de cuero de gladiador tipo secutor.  Anfiteatro de Nemausus (Nïmes, Francia).  (Foto: Roberto Lérida Lafarga 14/08/2007)

 

 

 

Los combates estaban acompañados de un gran bullicio: la orquesta hacía sonar sus estridentes trompetas y las flautas, así como primitivos órganos; después los espectadores gritaban animando y manifestando su inquietud y esperanza.  Estos ánimos respondían en muchas ocasiones a los intereses de los espectadores puestos en las apuestas; para que no se amañaran resultados en las apuestas, con frecuencia, detrás de los gladiadores había lorarii –fustigadores- que con sus latigazos azuzaban a los gladiadores que parecían no entregarse a fondo; tanto los lorarii como el público utilizaban expresiones claras para animar a los gladiadores: verbera –“golpea”-, iugula –“degüella”-, iure –“quema”-.

 

 

 

Si el combate era a muerte, cuando un gladiador caía mortalmente herido era prontamente atendido por unos sirvientes vestidos como Hermes – dios que acompañaba las almas de los muertos al mundo de los difuntos- o como Caronte –el barquero que en el Hades pasaba las almas de los muertos de un lado al otro de la laguna Estigia al mundo de los muertos-; estos solían dar un mazazo en la frente del gladiador o le pinchaban con un hierro para comprobar que estaba muerto y no fingía, tras lo cual hacían una señal a los libitinarii para que se lo llevaran y trajeran su espada ensangrentada; su cuerpo era arrastrado con ganchos hasta la Porta Libitina o puerta de la ejecución.  No obstante, había combates nulos si nadie ganaba y en muchas ocasiones el final del combate no era la muerte, sino que el gladiador caía aturdido y herido, tiraba las armas y se tendía en el suelo boca arriba, levantando la mano izquierda, e implorando la gracia de ser perdonado; esta decisión correspondía al vencedor, pero normalmente se cedía este derecho al emperador, el cual preguntaba o escrutaba a la multitud; si el caído había combatido con valor, el público sacudía pañuelos, levantaban el pulgar y gritaban mitte! (“¡suéltalo!”), y, si el emperador accedía, el gladiador quedaba missus (“soltado”); si el gladiador no había mostrado valor, bajaban el pulgar y gritaban iugula! (“¡degüéllalo!”), y el emperador, pollice verso –“vuelto hacia abajo el pulgar”-, ordenaba la muerte del vencido.

 

 

Combate de gladiadores con lorarius, Caronte y tubicen junto a los luchadores.  Reconstrucción procedente de CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998.

 

 

 

El gladiador vencedor era colmado de dinero, regalos, reconocimiento y honores; así, un esclavo podía recibir un gran prestigio, como los pantomimos del teatro y los aurigas de las carreras de caballos; sin embargo, esta fortuna no le evitaba el tener que volver a luchar para defender su vida e intentar obtener nuevas victorias; sólo tras muchos combates podía recibir la vara de madera –rudis- que se les concedía al final de su carrera y significaba para los gladiadores esclavos la obtención de su propia libertad.  En ocasiones, ante tal número de munera y de gladiadores era necesario hacer liberaciones masivas de gladiadores esclavos para renovar el plantel de éstos y el espectáculo.

 

 

 

Por otro lado, los munera fueron utilizados en ocasiones para ocultar ejecuciones y asesinatos.  Así, sobre todo en las provincias, había combates en los que ningún gladiador podía quedar con vida –munera sine missione-: un gladiador muerto era sustituido por otro –tertiarius o suppositicius- que se enfrentaba al vencedor y así sucesivamente hasta el exterminio de todos los gladiadores menos uno.  Además, algunos criminales, ladrones, incendiarios, asesinos, etc., eran condenados a morir en el anfiteatro –morii ad gladium ludi damnati-; normalmente, a mitad del munera, a mediodía, se hacía salir a la arena a estos condenados a combatir hasta su muerte; eran los gladiatori meridiani –“gladiadores del mediodía”-; otros eran condenados ad bestias, es decir, a luchar contra animales salvajes, como sucedió a muchos mártires cristianos; a primera hora de los munera estos condenados eran arrastrados a la arena donde se soltaban desde el subsuelo a través de montacargas las fieras enjauladas; en realidad, los condenados no actuaban de gladiadores ni se producía una venatio, sino que eran simple cebo para los animales hambrientos, eran bestiarii, personas desarmadas ante animales salvajes.  En ocasiones había gladiadores denominados también bestiarii que sí llevaban armas, pero no armaduras para enfrentarse a los animales salvajes.

 

 

 

 

 

FUENTES:

- CARCOPINO, Jerôme: La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Madrid, 1993

- CONNOLLY, Peter y DODGE, Hazel: La Ciudad Antigua.  La vida en la Atenas y Roma clásicas, Madrid, 1998

- GABUCCI, Ada: Roma, Barcelona, 2006