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Paseo matemático por el imaginario renacentista Francisco Martín Casalderrey (artículo publicado en Laberintos nº 3 - Mayo 2001)
Por
Renacimiento entendemos, en general, más un estilo que un periodo de
tiempo, aunque para entendernos mejor dejaremos desdibujados los límites
de estos términos, conservando así un cierto grado de indefinición.
Hablamos aquí de estilo no para referirnos sólo a una forma de
concebir el Arte, en sus diversas representaciones, arquitectura,
escultura, pintura, música y literatura, sino como un estilo de
pensamiento, un modo de concebir la naturaleza, la ciencia y el
conocimiento, que se desarrolla dentro de unos límites temporales
imprecisos.
El
sentimiento humanista es la base ideológica del Renacimiento. El hombre
pasa a ocupar un lugar central en el Universo y con él el arte, la
literatura y el conocimiento de la naturaleza.
Desde nuestra mentalidad vigisémica, es decir de personas nacidas
en el siglo XX, no resulta fácil imaginar la mentalidad del hombre
renacentista, curioso y confuso. Por una parte ávido de saber, necesitado
de poner orden en lo que le rodea, de sistematizar. Amigo por tanto de
escribir tratados, libros de texto para enseñar a otros. Experimentador
de nuevas técnicas, de nuevas formas, de nuevos modos de ver y concebir; en
palabras de Galileo Galilei ensayador . Pero a la vez, confuso, el
hombre renacentista no se ha desembarazado aún de los miedos medievales,
de las supersticiones, de los mitos pseudocientíficos. Esta dualidad,
confusión y curiosidad, como dos polos de un mismo imán generan un campo
de fuerzas, interno en el individuo y colectivo en el grupo, generador de
movimiento. Y es que el Renacimiento es también movimiento. La humanidad
se mueve y se transforma. Los seres humanos se preocupan por conocer y
conocerse, por analizar y
representar lo analizado.
Esa
necesidad de representar lo que se analiza y de intentar que esa
representación sea precisa y creativa al mismo tiempo es el punto común
de todas las ciencias y todas las artes en esa época.
Como
quien a la vuelta de un viaje muestra las imágenes captadas por su cámara
a sus amigos, comentando lo que ha visto, y cómo lo ha visto, proponemos
a quien nos lee que nos acompañe en un paseo. Un paseo que será
imaginario, ya que lo haremos por la geografía de nuestra imaginación.
Pero a la vez un paseo por el imaginario, entendiendo en esta ocasión
que el paseo será a través de imágenes. Las observaciones, los
comentarios, de las imágenes que visitemos juntos tendrán, por último
un marcado sesgo matemático.
Empezaremos
el paseo en la Serenísima Republica de Venecia, en medio de la plaza de
San Marcos, mirando de frente la catedral. Nos disponemos a entrar en
ella. Pero ojo, para no tropezar miremos el suelo que pisamos. Encontramos
así la primera de las imágenes de este paseo. Se trata de un mosaico
hecho de mármoles de colores. Observémoslo.
Mosaico de Paolo Uccello. Plaza de San Marcos. Venecia.
En
el centro hay una estrella y alrededor de ella una curiosa guirnalda de
piezas enhebradas. Se trata de dieciséis prismas de base hexagonal
atravesados por un hilo o una cuerda. Pero para darnos cuenta de que son
prismas hemos tenido que realizar una cierta operación mental a la que
estamos hoy día tan acostumbrados que nos pasa desapercibida. Vemos la
figura no a través de las distintas piezas que la forman, ni siquiera
analizando el mosaico que se obtiene uniéndolas. Los colores de cada
pieza proporcionan otra dimensión en sentido literal. Así, aunque
sabemos que la figura es físicamente plana, la imagen que nuestro cerebro
recrea es tridimensional; tiene volumen. Esto es debido a que está
dibujada en perspectiva.
Grabado de Matteo Emmer, para el Libro, La Venecia perfetta, 1995
La
perspectiva es una de las nuevas ciencias del Renacimiento. Volveremos más
adelante sobre ella.
Fijémonos
ahora en la estrella central del mosaico. Analicemos su forma desde un
punto de vista matemático. Suprimiendo las puntas de la estrella podemos
darnos cuenta de que el interior es un dodecaedro, es decir, el poliedro
formado por doce caras pentagonales estudiado ya por los antiguos griegos.
Una primera forma de reconstruir la figura que vemos es imaginarla como un
dodecaedro al que le hemos añadido sobre cada una de las caras una
especie una pirámide de base pentagonal. Pero este análisis es sólo uno
de los posibles. Observemos de nuevo la imagen, prescindiendo de la pirámide
central, la que parece apuntar hacia nosotros. En el primer plano tenemos
una estrella de cinco puntas: el pentagrama, símbolo mágico de
los pitagóricos. Tomando esta estrella plana de cinco puntas como
elemento básico podemos darnos cuenta de que en la estrella
tridimensional se repite bastantes veces. De hecho cada vez que orientemos
nuestra mirada a través del eje central de una de las puntas tendremos
ante nuestros ojos un pentagrama. La estrella global está formada por
doce de estos pentagramas dispuestos de manera entrelazada, coincidiendo
cinco de ellos en cada punta. Es nuestra estrella, por tanto, en sentido
estricto un nuevo poliedro regular que hay que añadir a los cinco que
conocían los clásicos y que se estudian en la escuela. Estos son los
poliedros platónicos, llamados así por aparecer asociados a los elementos
en el diálogo Timeo: el tetraedro, asociado al fuego, el octaedro
al aire, el hexaedro a la tierra y el icosaedro al agua. El dodecaedro lo
asoció al quinto elemento, el éter, la materia de la que están
hechos los cielos.
sólidos
platónicos
La
estrella de nuestra primera imagen fue estudiada por Kepler bastante
tiempo más tarde. De hecho, casi siempre se le atribuye a él la invención
de esta figura. En todo caso fue Kepler, en todo caso, el que le dio el
nombre por el que se la conoce hoy día. La llamó Pequeño Dodecaedro
Estrellado. Mauritius Escher, dibujante del siglo XX, maestro de la
perspectiva imaginaria y del engaño visual, estudió esta figura con
profundidad y la dibujó en muchas ocasiones.
Nada
hemos dicho hasta ahora del autor de esta primera imagen que hemos
analizado. Se trata de Paolo Uccello (1397-1475) que realizó este mosaico
alrededor de 1425. Uccello es uno de los matemáticos-artistas o artistas
matemáticos a los que haremos referencia en este paseo.
Pero
prosigamos el paseo y cambiemos de ciudad. Dejamos atrás Venecia y sus
canales para llegar a la capital del Renacimiento italiano: Florencia,
ciudad natal de Paolo Uccello. De nuevo estamos ante un templo, en este
caso la iglesia de Santa María Novella. Observemos su fachada.
Santa María Novella
En
esta ocasión empezaremos hablando del autor: León Battista Alberti
(1404-1472). Nuevamente nos encontramos ante un artista matemático, autor
de tratados en los que la matemática se pone al servicio de la pintura,
del arte. Pero centremos nuestra atención en esta nueva imagen. La
primera impresión que obtenemos es plana, carece de profundidad, de la
tercera dimensión. Sólo el barroco, unos siglos más tarde, añadiría
volumen a las fachadas de las iglesias, movimentándolas.
Nos
encontramos ante un verdadero mosaico, aunque en realidad nos estemos ante
la fachada de una iglesia. Fijémonos en la contradicción: antes observábamos
un mosaico en el que percibíamos volúmenes; ahora observamos un edificio
que aparenta ser plano. Destaca además su aspecto geométrico: círculos,
triángulos, rectángulos, cuadrados, alguna línea curva, pocas. Sin
embargo, la imagen total transmite una sensación de armonía, de proporción
entre las partes. Aun sobre la imagen lineal del alzado de esta fachada
esta impresión persiste y esto es lógico, porque, como hemos señalado,
deriva de la proporción.
Los
elementos de esta fachada se relacionan unos con otros en proporción áurea.
La proporción de oro de los griegos, basada en el número de oro
que vale 1,618034
aproximadamente.
Un
rectángulo en el que al dividir el lado mayor por el menor obtengamos
como resultado F
se denomina un rectángulo áureo. Para hacernos una idea clara de la forma
de un rectángulo áureo podemos tomar una tarjeta de crédito, que tiene
también proporción áurea. Si sujetamos la tarjeta de crédito a una
cierta distancia de nuestros ojos, mirando de frente a la fachada de Santa
María Novella y la acercamos o alejamos veremos que en un cierto momento
los bordes de la tarjeta coinciden con algunos de los elementos de la
fachada, descubriéndonos que ésta está plagada de este curios tipo de
rectángulos.
Dividamos,
por ejemplo, el frontón superior en dos triángulos rectángulos; cada
uno de ellos es la mitad de un rectángulo de oro. Fijémonos ahora en el
gran rectángulo que se encuentra justo debajo del frontón; nuevamente su
proporción es áurea. En el interior de este rectángulo se pueden ver
otros muchos; todos son áureos.
Dibujar
un rectángulo áureo no es difícil. Partimos para ellos de un cuadrado,
ABCD. Dibujamos el punto medio, M, del lado AD. Con un compás y con
centro en M y radio MC trazamos un arco de circunferencia que cortará a
la prolongación del lado AB en K. Formemos un rectángulo que tenga tres
de sus vértices en B, A y K. Obtenemos así el rectángulo ABLK es áureo.
El
rectángulo áureo está íntimamente ligado al número
de oro. La composición de la fachada de
Santa María Novella, no obstante, usa también otras proporciones basadas
en el cuadrado y asociadas, por tanto, al número
de oro, Pero su belleza, sin duda,
deriva de la proporción matemática, geométrica, de sus elementos.
Atravesemos
la puerta para visitar el interior de esta iglesia. En un lateral
encontramos la siguiente imagen de nuestro paseo. Se trata de un fresco
titulado La Trinità (1427), obra de Masaccio (1401
c.-1428). Fue ésta la última obra de su autor. Observemos la imagen.
La
Trinitá. Masaccio. 1427
Lo
primero que nos llama la atención es el título, la Trinidad. En la
imagen aparece Cristo crucificado, aparece Dios Padre, pero el Espíritu
Santo, al menos en su representación más común en forma de paloma, no
aparece por ninguna parte. Quizá esté sólo presente en espíritu.
La
imagen se divide en tres planos paralelos al plano mismo de la pintura. En
el más cercano se encuentran, de rodillas, los donantes, un hombre y una
mujer, que son quienes encargaron y pagaron la obra. Él viste una saya
roja y cubre su cabeza con un tocado, parecido a un turbante, típico de
los nobles florentinos. Ella está cubierta con una gran capa azul oscura,
que le cubre desde la cabeza hasta los pies. Ambos se encuentran fuera del
arco que encuadra a los demás personajes y que sirve de marco para el
resto de la escena. En el segundo plano se sitúan los tres personajes
coetáneos de Cristo, San Juan Evangelista, María, ambos de pie, y el
mismo Cristo, en la cruz. San Juan viste de rojo y María, de azul, como
es habitual en la iconografía sagrada. Observemos que la distribución de
colores del que hemos llamado primer plano –el donante a la izquierda en
rojo, su mujer , a la derecha de azul- es simétrica especularmente en
este segundo plano –María, de azul, a la izquierda, San Juan, de rojo,
a la derecha. Todavía tenemos un tercer plano más al fondo. En él está
Dios Padre, también de pie, pero más en alto, sobre una repisa que se
alza detrás de la cruz, a la altura de los ojos de María y Juan. Desde
él, extendiendo ambos brazos sujeta la cruz. Va vestido con una saya roja
sobre la que lleva una capa azul; de esta manera uno de sus hombros, el
izquierdo, aparece en color rojo, el otro, el derecho, en color azul.
Nuevamente la alternancia de colores enfrentados. Si unimos en la imagen
las figuras en rojo y las figuras en azul, obtenemos una doble z
entrelazada.
Los
tres planos descritos quedan subrayados por este particular uso alternado
del color. Pero éste no es el único factor que contribuye a señalar
planos de la escena. Se aprecia en esta obra también un eje temporal. Los
donantes, en el primer plano, son contemporáneos del autor, son por tanto
personajes del siglo XV. El segundo plano, el de la crucifixión, marca un
momento temporal distinto, el de la vida y muerte de Cristo. Dios Padre,
al fondo, suspendido en el espacio, queda situado en un plano suspendido
en el tiempo, indefinido, de algún modo atemporal, aunque sus manos
trasciendan ese plano, lo atraviesen y emerjan bajo la cruz, sujetándola.
Imaginémonos
ahora a nosotros mismos como espectadores que contemplamos el cuadro,
paseando por la iglesia de Santa María Novella. Sí, nosotros
constituimos el cuarto plano, en un cuarto momento temporal. Nos
encontramos fuera del espacio representado en la imagen, geométricamente
delante de los donantes y fuera también de los tiempos representados en
la escena, en nuestro presente, en el siglo XXI.
Observemos
también la luz en este cuadro. Los donantes se hallan fuera del arco y
están bastante iluminados, sus ropas brillan. Los personajes del segundo
plano se encuentran bajo el intradós del arco. La luz disminuye y las
sombras juegan su papel dibujando volúmenes en los pliegues de sus
vestidos y en sus rostros. El tercer plano se pierde al fondo, la luz que
llega hasta él es mucho menor; todo se oscurece y desdibuja.
Por
último, observemos la arquitectura representada en esta imagen. Hemos
hablado ya del arco, que se apoya sobre dos columnas con capiteles jónicos.
A los lados hay dos pilares estriados, rematados por capiteles corintios.
Otro arco, similar al primero y paralelo a él, se distingue al fondo.
Entre ambos, se extiende, nuevamente en profundidad, una bóveda de cañón
decorada con casetones. Todo ello está dibujado cuidadosamente en
perspectiva. Esta obra es históricamente la primera representación en
perspectiva realizada de una manera matemática.
La
Trinitá. Masaccio. 1427
Las
líneas de la imagen confluyen todas en un único punto, el punto de
fuga, que se encuentra en los pies de la cruz. Matemáticamente el
punto de fuga se debe situar en la línea del horizonte y como el horizonte
es lo que se encuentra en la horizontal de nuestra visión, este punto se
ha de situar a la altura de los ojos del espectador que se pasea por la
nave de la iglesia, como efectivamente sucede. El eje espacial,
cercano-lejano, geométricamente definido por la perspectiva, subraya así,
de nuevo, el eje temporal, más cercano en el tiempo – más alejado, el
eje de la composición en planos, el eje, por último, de la luz
iluminado-oscuro.
Pero
en el espacio de tres dimensiones hay tres ejes y hasta ahora sólo hemos
hablado de uno. Analicemos ahora brevemente los otros. El eje vertical
viene subrayado por la simetría de la imagen; es el eje de simetría de
la cruz, del rostro del Padre, el eje que hace simétricas en su disposición
las figuras de los donantes, la de María y Juan. Este eje junto con el
primero que comentamos, definen un plano que es el de simetría de la bóveda,
de los arcos, de la arquitectura toda representada en esta obra. Por último,
el horizontal viene remarcado de muchas maneras y escalona la imagen en un
sentido ascendente: la línea del suelo sobre la que se arrodillan los
donantes, la del suelo de la escena de la cruz, la de la repisa sobre la
que se apoya la figura del padre, la de los brazos de Cristo y los de la
cruz, la de los capiteles de las columnas que sostienen el arco.
El
último elemento compositivo que señalaremos es también un elemento geométrico:
el triángulo. Las cabezas de los donantes junto con la del Padre definen
un triángulo más o menos equilátero. Otro triángulo equilátero tiene
sus vértices en la cabeza de Cristo y las de la Virgen y San Juan. Por último,
las manos de Cristo y sus pies forman un tercer triángulo, esta vez con
el vértice hacia abajo, enfatizado por los brazos horizontales de la
cruz.
De
la geometría en el arte, pasemos ahora al arte en la geometría,
introduciendo así la siguiente imagen que visitaremos en nuestro paseo.
Se trata de una ilustración para un libro y la hizo Leonardo da Vinci.
Hexaedro truncado vacío. Leonardo da Vinci.
El
autor del libro era un amigo suyo, Luca Pacioli (c. 1445-1517),
fraile franciscano y matemático, famoso autor de un libro que pretendía
ser el compendio de todas las matemáticas de la época, al que tituló Suma
aritmética, geométrica, de propociones y proporcionalidad.
Pero
el libro en el que aparece la imagen que contemplamos es otro. Se titula La
divina proporción, que es el nombre con el que este fraile denominaba
a la proporción de oro, de la que ya hemos hablado. En este libro habla
de las maravillas casi místicas del número de oro,
y de su presencia en los poliedros regulares y en algunos otros objetos.
Dado el tema del libro, fra Luca necesitó figuras para que el
lector pudiera seguir sus explicaciones. Amigo de Leonardo, con el que había
compartido muchas conversaciones sobre arte y matemáticas, y un viaje -en
el que por cierto se alojaron en casa de León Battista Alberti- encargó
a éste las ilustraciones.
Leonardo
hizo los dibujos probablemente “del natural”, es decir mirando las
figuras geométricas que el mismo fra Luca había construido y que
le acompañaban en sus viajes. Esto lo podemos deducir de los hilos de los
que penden las figuras y que dan este aspecto realista bastante alejado de
lo puramente geométrico.
En
el rótulo superior podemos leer el nombre dado por Pacioli a este
poliedro: EXAEDRON ABSCISVS VACVVS, es decir, hexaedro truncado vacio.
Esto nos da una idea de cómo se puede generar esta figura. Partimos de un
hexaedro o cubo. Observando un vértice, vemos que de él parten tres
aristas. Los puntos medios de estas tres aristas definen un plano.
Trunquemos el cubo siguiendo ese plano, es decir, cortemos la punta por un
plano que pase por los tres citados puntos. El corte nos definirá un triángulo.
Debemos repetir esta operación para cada uno de los ocho vértices del
cubo, obteniendo, por tanto, ocho triángulos, uno por cada uno de los vértices.
Pero al realizar estos cortes las antiguas caras del cubo se transforman.
Originalmente eran cuadrados. Al trazar las líneas que unen los puntos
medios de cada lado obtenemos nuevamente cuadrados, aunque más pequeños
y girados con respecto a los originales 45º. En resumen, por cada vértice
del cubo hemos creado un triángulo y cada cara del cubo se ha
transformado en un nuevo cuadrado. Tenemos por tanto una figura formada
por 14 caras, 8 triángulos
equiláteros y 6 cuadrados.
El
número de vértices es también fácil de contar: hay un vértice por
cada lado del antiguo cubo, es decir, nuestra figura tiene 12 vértices.
En cuanto al número de aristas, lo podemos deducir de la famosa fórmula
de Euler, que afirma que el número de caras más es el de vértices es
igual al de aristas mas dos. Tenemos 14 caras y 12 vértices, lo que hacen
26; restándole a 26 dos obtenemos 24 que es el número de las aristas.
El
proceso generativo que hemos seguido para crear la figura podríamos
haberlo hecho partiendo de un octaedro (poliedro regular con 8 caras triángulares),
cortando, también en este caso, las puntas por planos que unen los puntos
medios de cada lado. Nuestra figura es por tanto un híbrido entre el cubo
y el octaedro. De hecho, es la parte común a un cubo y un octaedro concéntricos
en los que los puntos medios de las aristas coincidan. Kepler lo llamo cuboctaedro,
señalando esta bivalencia.
El
autor de La divina proporción, como se verá más adelante,
justificará el salto que estamos a punto de dar hasta Milán para
contemplar nuestra siguiente imagen. Se trata de la Pala de Brera,
obra de Piero della Francesca (1416-1492), pintor , tratadista de pintura
y matemático autor varios libros sobre geometría, aritmética y
perspectiva. Realmente el viaje a la búsqueda de esta nueva imagen nos
debiera haber llevado a Urbino, el ducado gobernado por los Montefeltro en
los finales del siglo XV, época en la que esta obra fue pintada, pero los
designios del destino hicieron que en la actualidad para contemplarla
tengamos que ir a la pinacoteca de Brera, en Milán.
Pala
de Brera. Piero dela Francesca. 1472.
Desde
el punto de vista de la composición esta obra tiene muchos puntos en común
con la Trinità de Masaccio. Nuevamente tenemos varios planos
compositivos, el del donante, Federigo de Montefeltro, duque de Urbino,
mecenas del arte y de la ciencia en su ducado. Aparece vestido digamos de
domingo, es decir, con su mejor y más brillante armadura, arrodillado, de
perfil, en postura orante. En un segundo plano, dispuestos de manera simétrica
con respecto al eje vertical, aparecen la Virgen, con el Niño sobre las
rodillas y seis personajes que representan a otros tantos santos, tres a
cada lado. La simetría viene subrayada por infinidad de detalles: desde
el gesto de las manos de la Virgen, hasta la disposición de los tres
personajes situados a cada lado. Incluso las posturas de las manos de
estos están dispuestas a uno y otro lado de manera mas o menos simétrica.
Lo único que rompe esa simetría es la figura del Niño, convirtiéndolo
de este modo en foco de atención y centro, no sólo geométrico, del
cuadro: toda la escena sucede y se desarrolla a su alrededor. Un tercer
plano esta constituido por otros cuatro personajes, intercalados en el eje
horizontal entre los otros, en dos grupos de dos, de manera simétrica
también con respecto al eje vertical. Se trata de ángeles. Observemos
sus caras y comparémoslas con la de los seis santos a los lados en el
plano anterior. Mientras unas son realistas y parecen retratos reales de
personajes reales, las de los ángeles resultan increíbles en el más
literal sentido de la palabra. Podemos habernos cruzado por la calle con
personas con rostros similares a los de los seis santos de este cuadro.
Basta imaginarlos vestidos con ropa actual y podemos imaginarlos subidos
en el autobús que nos lleva a clase por las mañanas. Sin embargo los ángeles
no. No hay rostros reales como esos.
Nuevamente
el eje transversal del cuadro, los distintos planos perpendiculares a él,
definen una dimensión no sólo física sino también simbólica,
subrayada otra vez por la arquitectura de la bóveda, por la perspectiva.
Del plano real en el que nos situamos como espectadores vivos ante el
cuadro, podemos movernos en profundidad y, pasando por el plano de
Federigo de Montefeltro, el de los Santos, personajes reales que vivieron,
pero que en su indumentaria recogen ya elementos simbólicos que los
identifican, llegar hasta el de los ángeles, personajes místicos,
irreales, de formas arquetipificadas. Un eje por tanto que se mueve de lo
real a lo irreal, de la realidad tridimensional a lo etéreo de los
cielos.
Si
miramos hacia el fondo, en alto, nos encontramos con el otro centro de
atención, un huevo de avestruz colgado de una cadena, suspendido en medio
de la escena sobre las cabezas de nuestros personajes. Un huevo que pende
de una concha que sirve de unión entre la bóveda y la exedra absidial
del fondo de la capilla. No cabe duda de que ambas cosas, el huevo y la
concha tienen un carácter simbólico, probablemente de nacimiento, de
nueva vida. En 1472, año en el que Piero comenzó a pintar este cuadro,
había nacido Guidobaldo de Montefeltro, único hijo de Federigo. El
nacimiento de Cristo se ponen por tanto en relación con el del heredero
de la casa de los Montelfeltro.
La
luz entra a través de la nave transversal, que intuimos en la geometría
de las bóvedas, por la izquierda y desde el frente hacia el fondo.
Observemos la perfección y la finura de la sombra del arco sobre la
superficie estriada de la concha, la iluminación del huevo que define su
volumen. Piero domina la perspectiva y usa la luz para subrayarla dando
profundidad a la escena: Federigo, arrodillado en el primer plano, recibe
poca luz; los otros planos en los que se sitúan los personajes quedan más
iluminados cuanto más al fondo se disponen en la escena.
Cuando
afirmábamos que los personajes de los santos parecen retratos jugábamos
con la ventaja de quien oculta parte de la información que posee. Della
Francesca debió de usar algunos de sus amigos como modelos para este
cuadro. De hecho, del grupo de tres de la derecha, el del centro, San
Pedro Mártir, tiene los rasgos de un personaje del que ya hemos hablado:
Fra Luca Pacioli. Piero, que había nacido en la misma ciudad que Pacioli,
en Sansepolcro, había sido uno de los maestros de fra Luca en su
infancia y le había enseñado sin duda algunos elementos de matemáticas.
Y
puesto que de enseñar matemáticas estamos hablando, demos un nuevo salto
esta vez a Nápoles, para ver en el Museo de Capodimonte la siguiente
imagen de nuestro paseo. El autor de este nuevo cuadro es desconocido,
aunque se atribuye a un tal J. Barbari.
Luca Pacioli (cuadro atribuido a J. Barbari)
Se
trata de una clase de matemáticas, de geometría para ser precisos. El
maestro es fra Luca Pacioli nuevamente. El alumno Guidobaldo de
Montefeltro, el hijo de Federigo, cuyo nacimiento había sido celebrado en
la imagen anterior. El cuadro está lleno de simbología matemática:
delante de Pacioli, sobre la mesa, aparece una pizarra con un dibujo geométrico.
Al lado hay un trozo de tiza. A la derecha, encuadernado en rojo, hay un
libro. Se trata de la Summa arithmetica del propio Pacioli. Sobre este
libro hay un dodecaedro. A la izquierda, suspendido en el aire hay otro
poliedro de vidrio, se trata de un rombicuboctaedro, otro de los
trece poliedros semirregulares estudiados por Arquímedes. Está lleno de
agua hasta la mitad. Le falta la cara superior y a través de ese hueco
entra en su interior el cable que lo sostiene y que está anclado a una
anilla en la cara opuesta, la inferior. Nuevamente los poliedros como
motivo repetido en nuestro paseo renacentista. La mano izquierda de
Pacioli esta apoyada sobre un libro abierto; es un ejemplar de los Elementos
de Euclides. La derecha sujeta una varilla con la que señala en la
pizarra. Sobre la mesa hay también un compás y una escuadra. La
austeridad del hábito franciscano de Pacioli contrasta con la riqueza de
las ropas de Guidobaldo. La mirada del joven, atenta hasta hace un momento
a las explicaciones de su maestro, se dirige ahora hacia el espectador,
como si de una fotografía instantánea se tratase. Es una clase particular la que el maestro da al joven noble.
La pizarra, en contraste con lo que sucede en nuestras aulas, puede por
ello situarse en el plano horizontal, ya que sólo debe ser observada por
una persona.
Encontramos
también aquí tres planos paralelos al del cuadro: el de los objetos de
la mesa, el de fra Luca y el de Guidobaldo, que se encuentra
ligeramente detrás de su maestro. De nuevo encontramos los efectos de
luz, que entrando por la izquierda, ilumina los objetos, los rostros, pero
mantiene oscuro el fondo; y nuevamente la perspectiva, en este caso
observable en la pizarra, en el libro, en la misma mesa del primer plano,
en los poliedros.
Nuestro
paseo se acerca ya al final. Nuestra última etapa nos llevará de nuevo
al norte de Italia, a Bolonia. La imagen que allí nos espera no es un
cuadro, no es tampoco una figura geométrica. Se trata de una fórmula
algebraica, pero como observaremos, no por ello carece de belleza. En
nuestro lenguaje actual la
podemos escribir así:
y
es la fórmula para resolver las ecuaciones de tercer grado de la forma
x3 + px = q Como podemos observar es bastante más compleja que la fórmula de resolución de la ecuación de segundo grado, la conocida
y la podemos considerar como una
auténtica obra de arte.
Su
autor es un matemático prácticamente desconocido llamado Scipione del
Ferro (1465-1526), que la descubrió en torno a 1505 y la mantuvo en
secreto durante años, como arma con la que defenderse de posibles
enemigos académicos, que lo podían desafiar a debates públicos.
Posteriormente fue redescubierta por Niccolò Tartaglia(1500 c.-1557),
matemático nacido en la ciudad de Brescia, que la usó en una disputa pública
a la que fue desafiado en Venecia.
El
desafío era un rito bastante habitual en esa época. En este caso se
trataba de una especie de apuesta entre los dos contrincantes. Cada uno
debía resolver, en un cierto plazo de tiempo, treinta problemas
formulados por el otro. La apuesta era una comida que el perdedor debía
pagar al ganador y a sus amigos, pudiendo acudir tantos amigos como
problemas hubiera resuelto correctamente el ganador. El público a su vez
cruzaba apuestas sobre cuál de los contrincantes sería el ganador. Pocos
días antes de que se acabara el plazo, Tartaglia, sometido a una fuerte
presión psicológica, redescubrió la fórmula de la ecuación de tercer
grado y pudo resolver todos los problemas que su taimado contrincante le
había puesto. Se convirtió así en un personaje famoso y admirado. No
obstante también él decidió mantener su fórmula en secreto.
Gerolamo
Cardano, médico milanés y también matemático, rogó y rogó a
Tartaglia hasta conseguir que este le desvelara su misteriosa fórmula,
jurando no revelarla a nadie. No obstante Cardano, valiéndose de una
argucia que le permitió saltarse su propio juramento, la publicó en su
libro Ars Magna, por lo que nuestra última imagen lleva por título Fórmula
de Cardano.
Con
ella terminamos este efímero paseo matemático por el imaginario
renacentista. El lector que quiera ir más allá deberá emprender su
propio viaje, construir su propia y personal colección de imágenes, quizás
estas líneas le ayuden a captar lo que de matemático tiene el arte y,
por que no, lo que de artístico tienen las matemáticas. |
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José María Sorando Muzás |